viernes, 17 de noviembre de 2017

CRONICA NEGRA

A la una y cuarto de la madrugada del 13 de agosto de 1908, un guardia observó cómo salían llamas y humo de la estación de las Delicias. Para dar la alarma, se puso a dar tiros al aire, reza la crónica de ABC.

Llegó una pareja de la Guardia Civil que comprobó cómo las llamas habían comenzado en un almacén de tracción, pero se propagaron hacia el laboratorio.

El relato periodístico habla de los numerosos daños materiales y de que esa jornada se cerró en Madrid con nada menos que cinco incendios.

Fuente A B C

Estado en que quedaron las dependencias foto ABC

jueves, 16 de noviembre de 2017

CRONICA NEGRA

El 27 de septiembre de 1905, la calle de Toledo se estremeció. Por la tarde, una enorme explosión sacudió el centro de la capital. El epicentro del suceso estaba en una sastrería del número 24.

La crónica de ABC hablaba de un escape de gas seguido de un incendio. Los servicios de emergencia de la época, tomaron las riendas del asunto. La teoría manejada era la de una imprudencia, según se dijo en la época. Han pasado casi 112 años desde esta imagen.

Fuente A B C

lunes, 13 de noviembre de 2017

BONETILLO

Esta calle no tiene leyenda.
Pero si en su memorial histórico y en su hoja de servi­cios, no hay fantasmas, ni damas picañas, ni lámparas tris­tes, ni imágenes sagradas, ni cuchilladas rajantes, ni esto­cadas perforantes, ni Roldanes altaneros, ni mendigos, ni matones, en cambio tiene una conseja, tradición o cuento, que ha llegado hasta nuestros días en pergaminos y letras de molde.
Ha llegado en recuerdo oral que se escucha en las tertu­lias nocturnas callejeras -en las del viejo Madrid por supuesto, en las del antiguo Madrid con sabor de señorío y relumbrón muy castizo, a esa hora pavorosa de los embozos en que ruge el león, aulla el lobo a la luna y se abren las tumbas, como en Roberto el Diablo, para dar salida a los espectros que van a corretear por los senderos de los cementerios.
La hora del Pastor, que dirían los franceses; la de los duendes y las brujas, que decimos los españoles.
No deja de ser chocante que el inolvidable Espronceda; tan proclive a cultivar hermosas patrañas, no recogiera del folklore de la Calle del Bonetillo el misterioso y lúgubre suceso al que se atribuye el origen de su nombre. La ver­dad es que El Estudiante de Salamanca, con su arrogancia y sus vicios y su desenfado caballeresco, no tiene punto de semejanza con el modesto, y casi ignorado, sacerdote de Santa Cruz, don Juan Enríquez, a quien se atribuye la paternidad de origen del Bonetillo, por causa de broma impia, que algunos jugaron a su bonete.
El cantor de la calle del Ataúd, estrecha y alta, con la me­drosa lámpara alumbrando una imagen de Jesús, mientras pasa un embozado, que lleva todavía en la manó la espada teñida de sangre, és el único, según modestos juicios, que hubiera dado lustre y colorido fuerte y tono de verdad romántica a la tradición poética de la Calle del Bonetillo.

Cuentan las crónicas, que allá por los años de aquel siglo marmóreo, que llamó suyo por haberlo domado el rey de acero, casi monje.del Escorial, don Felipe II; por aquellos días nefastos en que, con razón o sin ella -que en esto no entramos ni salimos, ni quitamos ni ponemos rey, ni tan siquiera ayudamos a nuestro señor porque no lo te­nemos; se habló tanto, y se murmuró tanto, y se vilipen­dió hasta el exceso, por motivo de la enfermedad calificada de sospechosa, y por la muerte, aún más sospechosa, del príncipe don Carlos, hijo del rey Felipe, existía adscrito a la parroquia de Santa Cruz el presbítero don Juan Enríquez a quien el príncipe don Carlos dispensaba cariñosa amistad.
Estas relaciones no fueron del agrado del cardenal Espinosa, Dios sabrá por qué razón. La verdadera luz sobre Felipe II, del padre Montaña -inventor famoso del sermón de San Jerónimo y noble historiador vapuleado hasta los huesos por el padre Sánchez en sabia controver­sia- no se digna, o no sabe decir nada acerca de por qué el cardenal Espinosa vio siempre con desagrado y alarma las relaciones del príncipe don Carlos con don Juan Enrí­quez. Motivos tendría, altos o bajos, para la reprobación del Cardenal y para, los dimes y diretes satíricos de la Cor­te y de los parroquianos de Santa Cruz; lo cierto es que un día, pasada la media noche, cuando el sueño y la oscuridad envolvían la tierra y entre el rumor de algún portón mal entornado, parecía que se escuchaban voces temerosas y pisadas huecas, andando en las tinieblas se oyó una cam­pana tocar a muertos y luego ruido de pasos de gente que reza; y después se vieron cien luces alumbrando bultos enlutados, y en el centro de dos hileras apretadas, un fére­tro que llevaban en hombros cuatro, agonizan-tes...
Pero dejemos a la tradición de la calle contar el suceso tal como fue:
«Volvía don Juan Enríquez una noche a su casa cuando encontró un entierro; sobre el féretro llevaban un cáliz y un bonete. Se acercó a preguntar quién era el difunto y le contestaron que don Juan lrnríquez; asombrado el clérigo repitió cuatro veces el interrogante y otras tantas le res­pondieron que se trataba de su propio enfierro. Corrió a su casa y encontró una mesa cubierta con paño negro y cua­tro blandoncillos encendidos; preguntó a los vecinos quién era el difunto y vio que aquéllos huían despavoridos cre­yéndole un apa-recido. A la mañana siguiente fue a Santa Cruz y le enseñaron el libro en que constaba su partida de defunción y la provisión de su plaza en la parroquia.
»Al volver a su domicilio, la puerta estaba clavada, y un familiar del Santo Oficio le llevó a los calabozos de la Inquisición de Toledo.
»En el tejado de la casa apareció sobre un palo un bone­te encarnado, y desde entonces sé llama la calle donde ocurrió este suceso, Calle del Bonetillo.»

Y si lector dijeres ser comento,
como me lo contaron te lo cuento.

Las bromás, pesadas, o no darlas, que dirán en la actua­lidad los vecinos de la Calle del Bonetillo.


De R.Sepúlveda Antiguo Madrid

BERNARDINO EL HÉROE

Una epidemia de peste invadió Madrid en aquel verano del año 1599 -hacía tan sólo un año que se había inicia­do el reinado de Felipe III. El espectáculo era dantesco. Los cadáveres permanecían en las casas y amontonados en las calles, insepultos, aumentando así el propio poder de la plaga, porque ni personal había para dar digna sepultura a los muertos.
Los sanos huían a toda prisa y los moribundos queda­ban solos esperando el trágico e irremediable final; ni fuer­zas para la plegaria les quedaban ya.
Un silencio de sepulcro, estremecedor, invadía la Villa y Corte que interrumpía algún quejumbroso lamento o el ladrido de un perro carcomido por la sarna y succionado por los piojos, convertido de esta guisa en un achacoso y decrépito cancerbero de los muertos y de los que no a mucho tardar iban también a morir.
Pero existía una auténtica isla de amor: era el Hospital de Convalecientes -lugar en el que hasta hace poco tiem­po estaba el Hospital General, y donde un día llamara el arrepentimiento de Bernardino de Obregón para ofrecerse como humilde enfermero. Él y sus hermanos de congrega­ción se multiplicaban viendo que era insuficiente la capa­cidad del hospital en tan críticos momentos.
Bernardino atendía a los apestados repartiendo consuelo, oraciones y medicinas, que no eran remedios, cerrando los ojos de los que partían definitivamente. Incansable, sin dormir apenas, sin comer, sin miedo al contagio, iba de un lado para otro, día y noche.
Fue una lucha contra la muerte que le costó la suya.
Arcanos del alma popular. Su cuerpo permaneció expuesto en la iglesia del hospital y, ante él, como una pos­trera muestra de agradecimiento, desfiló la muchedumbre sin temor al posible contagio. Dos veces fue necesario cambiar su hábito porque la gente se lo arrancaba a jirones para conservarlos como reliquias que, después según se cuenta, forjaron prodigios.


R.Sepúlveda Antiguo Madrid

Juan de Courbes: Retrato de Bernardino de Obregón. Inscripción al pie: Pater Bernardinus Obregonius Xenodochii Generalis Matritensis Fundator. Madrid, Biblioteca Nacional de España


viernes, 10 de noviembre de 2017

LA AVENTURA DE UNOS EMBAJADORES

Carrere cantó así a la calle de Embajadores:

«Menestrala animación,
clara luz primaveral
y horrenda de almazarrón
la barraca de Pavón
-melodrama de Rambal-
¡Truculenta evocación!

Chulería
a la manera clásica;
vocinglera
del hortera
y los castizos traperos
sobre el hombro, la soguilla
y dos mugrientos sombreros
de copa, en la coronilla.»

Al rey Juan II de Castilla, hijo de Enrique III ‘el Doliente’ y Catalina de Lancaster, gustaba de pasar grandes temporadas en la Villa de Madrid y, como era habitual antes de la capitalidad madrileña otorgada por Felipe II, donde estaba el Rey estaba la Corte.
Con motivo de la peste que estaba asolando a la Villa y Corte, a los embajadores de las cor­tes extranjeras se les incomunicó en un campo muy exten­so que allí existía, el cual estaba limitado por un portillo para evitar el contagio.

Luego fue, poco a poco, derivando la denominación: campo de Embajadores, portillo de Embajadores, para concluir, simplemente, en calle de Embajadores.

Facha Iglesia de San Cayetano en calle Embajadores
Casa de Pedro Ribera en calle Embajadores

sábado, 4 de noviembre de 2017

VERBENA

Seguimos en 1940, pero cambiamos de barrio ahora Lavapiés


Todas las fotografía están extraídas del fondo Wunderlich, FPH

jueves, 2 de noviembre de 2017

VERBENA

Así se disfrutaba en los años 40, alegría y diversión en la verbena de Chamberí después de tanto sufrimiento.

Fotografías extraidas del fondo Wunderlich en F.P.H.

sábado, 28 de octubre de 2017

MADRID TRUCULENTO

Margarita Ruiz de Lihory fue un personaje muy popular de la época pero sobre el que se desconocía su doble vida. Miembro de la alta sociedad española, compartía mesa a nivel internacional con jefes de estado, nobles y altos dignatarios.

Todo comenzó el 30 de enero de 1954 cuando Luis Schelly, hermano de la fallecida, enterrada días antes, presentó una denuncia contra su madre ante los Juzgados.

Ante la denuncia del joven, el juez instructor ordenó la entrada y registro  en casa de la Marquesa,  situada en el número 72, tercero derecha, de la calle Princesa de Madrid. Allí había vivido Margot con su madre y el compañero sentimental de esta, el abogado José María Basols-Iglesias, hasta que, muy enferma, fue trasladada a Albacete, donde la familia tenía una segunda residencia y donde, finalmente, murió. En el registro se descubrieron unos ojos humanos, una lengua y una mano de mujer hábilmente amputadas. Ante este hallazgo se ordenó la exhumación inmediata del cuerpo de Margot Schelly Ruiz de Lihory, de 37 años, que había muerto diez días antes tras sucumbir a la leucemia, descubriéndose que  todos los miembros pertenecían a la hija de la Marquesa.  En el Madrid de 1954 la noticia prende como la pólvora.

Durante las dos noches que duró el velatorio –la del 19 y la del 20 de enero– la marquesa impidió a sus allegados ver el cadáver de su hija recién fallecida. Solo ella y su pareja compartieron su habitación. La misma noche encargó al personal de servicio que comprara alcohol y algodón en grandes cantidades. Fue entonces cuando en su empleada surgieron las sospechas que más tarde materializaría Luis Shelly, el hijo mayor de la marquesa, ante el Juzgado de Instrucción número 14 de Madrid.

Una vez descubierta, dijo que su hija era una santa y que se había quedado coan unas reliquias para llorar su ausencia sobre ellas.

Madre e hijo no se llevaban bien. El fuerte carácter de la aristócrata la alejó de sus descendientes, pero no de su única hija. Llamó a un fotógrafo para que la inmortalizara junto al cadáver, en el lecho de muerte. Eran de las familias más conocidas en Madrid y por ello, al entierro de Margot le siguió una gran comitiva popular

Se dio el insólito fenómeno en la prensa nacional de que se produjera la reventa. Así, un avispado quiosquero del madrileño barrio de Tetuán hizo varios desplazamientos con su furgoneta al distrito de Fuencarral adquiriendo cuantos ejemplares encontró, cientos y cientos, que después vendía por un duro cuando el precio real era de dos pesetas.   

Portada de El Caso, censurado y rectificado a mano por su director
La madre junto al cadaver de su hija
La madre, una bella mujer con una vida azarosa