domingo, 10 de diciembre de 2017

SAN ANTONIO EL GUINDERO

La devoción por San Antonio de Padua era muy extendida en la ciudad de Madrid durante el primer tercio del siglo XVII. A sus seguidores se les denominaba con el mote: “guinderos”. La razón de este apelativo era que sus devotos portaban un escapulario en el cuello con la representación de una guinda y llegado el 13 de junio ofrecían las denominadas cerezas del santo. La congregación de los guinderos nace de una leyenda madrileña:

Ascendiendo lentamente por la Cuesta de la Vega, venía un hortelano que, a lomos de su borrico,cargado de guindas, pretendía llegar a la Villa para vender el género que portaba en dos enormes serones. El labrador oyó el trote de un caballo que se le acercaba por detrás y sin darle tiempo a reaccionar le pasó rozándole. El burro se asustó, coceó y el labrador se vio en el suelo. Se fue hacia el borrico inténtando sujetarle, pero el resultado fue que el animal se asustó más, coceó más y la carga vino al suelo esparciendo sobre el camino toda las guindas que se iban pisoteando. El hobre apartó los ojos del burro y se fijó en la alfobra roja que se extendía por el camino y, desesperado, cayó al suelo llorando, al levantar la vista, encontró a un fraile joven que se acercaba mirándole. Cuado llegó hasta él, le preguntó si necesitaba ayuda, proponiédole que recogieran las guindas aprovechables, pues nada perderían con ello. Se pusieron los dos a trabajar cada uno con un serón, mientras el burro se iba tranquilizando.

Cuando termiaron, el labrador no podía creerlo, los serones llenos sobre el animal y las guindas como si no hubiese ocurrido el incidente. Agradecido se volvió al fraile y le ofreció unos puñados de fruta. Éste le pididió que se las llevara más tarde a la iglesia de San Nicolás pues allí se encontraría. Unas horas después, con las ganancias de la venta en el bolsillo y un serón casi repleto de guindas, acudió a cumplir lo prometido. La iglesia estaba vacía y se arrodilló para rezar esperando ver al que le había ayudado. Lo encontró, pero no de pie, sino pintado en lo alto del altar con la misma sonrisa jovial que tenía  unas horas antes.

Dejó las guindas a sus pies y corrió a proclamar el milagro. Desde entonces esa imágen de San Antonio es conocida con el sobrenombre de “El Guindero” y aún se puede venerar en la iglesia de Santa Cruz.

“ Historia de Madrid de Federico Bravo Morata“

Imagen del siglo XVI de San Antonio denominado "el Guindero" venerada en la Iglesia de Santa Cruz

jueves, 7 de diciembre de 2017

ASESINATO EN MADRID 1913

El 25 de abril de 1913, una joven entró en el Círculo de Bellas Artes, situado entonces en el edificio de la Equitativa, en la calle Alcalá de Madrid, cerca de la calle Sevilla. No estaba permitida la entrada de mujeres, pero la mujer no se detuvo y avanzó resuelta hasta la caja. Llevaba una ficha del Casino, de 5.000 pesetas (30 euros), una auténtica fortuna para la época. Con ellos se podrían comprar cien mil ejemplares de ABC, que valía entonces 5 céntimos. El cajero le informó de que no podía estar ahí y que solo los socios podían cambiar fichas. El botones, Antoñito, acompañó a María Luisa, que así se llamaba la joven, hasta la puerta, donde la vio hablar con un hombre de poco más de cuarenta años, alto, con bigote y con aspecto de «chulo»

Rodrigo García Jalón tenía cincuenta años, era viudo y una considerable fortuna le permitía vivir despreocupadamente y dedicarse al juego y las mujeres, sus dos grandes pasiones. Vivía en la calle Divino Pastor con uno de sus dos hijos y un ama de llaves. El 24 de abril acudió también al Círculo de Bellas Artes, pero para comprar una ficha de 5.000 pesetas. No quería llevar tanto dinero encima.

Jalón había conocido a una joven de la que se prendó, tanto que ofreció su casa para acogerla a ella y a sus hermanos. Ese 24 de abril se encontraron Jalón y María Luisa en la casa de esta. Pretendía el primero afianzar la relación. Se sentó en una mesa enfrente de su amada. De repente un fuerte golpe en la cabeza le dejó seco. Nunca sabría qué le llevó a la muerte.

Manuel Sánchez López era un capitán en la reserva, que tenía vivienda en la Escuela de la Guerra, padre de María Luisa y otros tres chavales. Amante y proxeneta de su hija, el juego le había arruinado y siempre estaba falto de dinero. Cuando asesinó a Rodrigo García Jalón de un fuerte martillazo, buscaba dinero y, tal vez, deshacerse de quien quería alejarle de su hija, amante y principal fuente de ingresos de la familia. Cuando le registró no encontró apenas objetos de valor: 100 pesetas, un reloj y la ficha del casino de Bellas Artes.

Los periódicos de la época convirtieron el caso en un verdadero serial. En pocos días el cerco en torno al padre y la hija se fue cerrando. La policía registró el alcantarillado cercano a la vivienda de la Escuela de la Guerra y encontraron restos óseos. En un hueco hallaron más. Jalón había sido descuartizado. Las vísceras fueron arrojadas por el retrete, la cabeza y algunas partes fueron hervidas y los huesos arrojados a un hueco en la vivienda.

Con todo lo sórdido del crimen, hubo quien pidió el indulto del capitán, aludiendo a sus servicios pasados en la guerra de Cuba y a sus hijos, que quedarían solos en el mundo. Pero el juicio fue rápido y las pruebas apabullantes llevaron a una condena a muerte para el capitán, que defendió hasta el final su inocencia, y de veinte años para su hija. Sánchez pidió poder mandar personalmente el pelotón de fusilamiento que le ajustició, pero su petición no fue atendida. La mañana del 3 de noviembre de 1913, dos tiros en la cabeza y tres en el corazón acabaron con su vida. Su hija, recluida en un psiquiátrico, falleció doce años después.

Fuente ABC

La fotografía fue tomada por Ramón Alba, fotógrafo de ABC 
La víctima
La cómplice
El asesino

miércoles, 29 de noviembre de 2017

PASAJE MATHEU

La costumbre de sacar los bártulos al sol tiene poco más de un siglo de antigüedad. El pasaje de Matheu, entre la calle Espoz y Mina, y la calle de la Victoria, fue el primer lugar donde los franceses pusieron en marcha esta práctica «tan nuestra».

En el pasaje se hallaba originariamente el Convento de Nuestra Señora de la Victoria, derribado en 1843 y cuyos terrenos adquirió Manuel Matheu, un inversor madrileño, que quería crear un boulevard imitando las galerías parisinas de la época.

El «pasaje comercial La Equidad» cambió su nombre y se convirtió en un lugar de comercio y riqueza. Pero las galerías, que eran tendencia en ciudades como Londres o París, no llegaron a cuajar en España, y pasajes como el de Matheu acabaron convirtiéndose en callejones.

A partir de 1870, la calle fue refugio de dos cafés parisinos. Sus propietarios eran dos franceses de posturas radicalmente opuestas. El dueño del Café de Francia había huido de París tras la supresión de la Comuna en el año 71, con la derrota de Francia en la guerra franco-prusiana. El propietario del Café de París, por su parte, era monárquico y conservador, y ambos intentaban atraer exiliados que comulgaran con sus ideas políticas.

Ambos cafés sacaban sus mesas y sus sillas a la calle, igual que en París, para que sus compatriotas pudieran tomar algo fuera del local. Esta práctica no llegaba a estar bien vista por los madrileños que, de hecho, en más de una ocasión se burlaron de los establecimientos franceses creyendo que eran tan pequeños que debían sacar parte de su mobiliario fuera.

Por fortuna, esta costumbre empezó a calar en la población, y cada 14 de julio, en el aniversario de la toma de La Bastilla, se formaban grandes fiestas al ritmo de la Marsellesa.

Con el tiempo estos cafés desaparecieron pero la costumbre perdura hasta nuestros días. También en el pasaje de Matheu que, olvidándose de sus orígenes franceses, ofrece en sus terrazas sangría y paella.

Fuente ABC
Foto Teodoro Naranjo

lunes, 27 de noviembre de 2017

ENTERRADA EN SAN GINÉS

Esta niña madrileña sufrió la enfermedad de Hodgkin, enfermedad que apagó, a los diez años de edad, su breve existencia. María Pilar Cimadevilla López-Dóriga ofreció su enfermedad con espíritu misionero.

María del Pilar, conocida familiarmente como ‘Pilina’, nació en Madrid el 17 de febrero de 1952. Fue hija del coronel Amaro Cimadevilla y de doña María del Rosario López-Dóriga.

Desde temprana edad se caracterizó por su genio vivo que le ganó el apelativo de “la Brava”. Dócil e inteligente, empezó a destacar al poco tiempo por su piedad.

La Primera Comunión marcó un hito en su vida: “Mi Primera Comunión fue toda para Jesús”, diría ella misma.

A los nueve años fue internada en el Hospital Militar Gómez Ulla debido a una enfermedad dolorosa e irreversible, Pilina sufrió inapetencia y cansancio extraordinarios, a lo que se le sumó la aparición de un ganglio en el cuello. Fue atendida por las religiosas Hijas de la Caridad quienes le proponen formar parte de la Unión de Enfermos Misioneros, se entusiasmó de tal modo con la idea de ofrecer sus sufrimientos por las misiones,sabiendo que sus sufrimientos podían ser convertidos por el Señor en fuente de conversión y salvación de muchos, toda su vida se convirtió en un acto de entrega al Señor. Aquí es donde comenzó a mostrarse lo extraordinario de Pilina su heroísmo en el sufrimiento,no se quejaba de sus fuertes dolores, no solicitaba sino la ayuda indispensable, se preocupaba más de los demás que de ella misma...

Jesús se comunicaba con ella con toda naturalidad. Un día le dijo que pronto vendría a buscarla, pero que tenía que sufrir todavía un poco más, porque puede ser santa.

Así lo comunicó Pilina a sus padres llena de gozo. Un día después, el 6 de marzo de 1962, la niña cayó en brazos de su madre recién cumplidos los diez años de edad.

La enfermedad maduró su alma de tal forma que causó asombro en cuantos la conocieron en el hospital, su heroísmo en el sufrimiento y el sacrificio que hasta el final creyó estar realizando por las misiones, no tenía explicación natural.

Hoy en proceso de beatificación, su vida ha asombrado a cuantos han tenido noticia. Pilina fue una niña precoz en cuanto a la vida del espíritu. Mostró siempre una sensibilidad especial para lo religioso: rezaba frecuentemente y con una atención desusada para su edad, se recogía en la iglesia a menudo para orar y meditar, seguía prontamente cualquier indicación relativa al cultivos de la vida espiritual...

La Congregación para las Causas de los Santos  promulgó el 19 de abril de 2004,  15 nuevos decretos que abren la puerta a las canonizaciones y beatificaciones de numerosos siervos de Dios, incluyendo a la niña española.


Fuente Aciprensa

Virgen del Castillo lugar de enterramiento de la niña foto propia

martes, 21 de noviembre de 2017

CRONICA NEGRA

El bautizado como Crimen de la calle del Calvario, reliquia de la crónica negra de Madrid en la centenaria hemeroteca de ABC, alcanzó una dimensión social sin precedentes por la naturaleza misma del suceso y por cuantos implicó. Tiburcio Zarzuelo del Pozo, alias «Hojalata», mató a dos mujeres, Carmen Alonso Marchante y Remedios Nadal Alonso, en noviembre de 1907; madre e hija y, en el caso de la primera, amor platónico del asesino. Uno de los testigos, para másInri, era un niño, hijo y hermano de las víctimas.

La crónica de este periódico, aún joven, con cuatro años de vida, representa el alcance del caso: a una página y con las fotografías de los implicados, con el culpable en el centro, bajo el título otorgado. El escrito detalla tanto el feminicidio como sus antecedentes, lo que ayuda a comprender la demencia de Tiburcio.

Fue precisamente su hermana, Tomasa, quien habló «triste y llorosa» ante la prensa, explicando que «Hojalata» estaba enamorado de Carmen, viuda desde hacía años, y que había mantenido relaciones con ella. El asesinato, sin embargo, no fue la única ocasión en la que el hombre atacó a una mujer: tiempo atrás, a una de sus amantes, Luisa Albo, la propinó un mordisco en la nariz. Por ello, fue condenado.

En lo que respecta al crimen indicado, las pesquisas finales indicaron que el móvil fue un ataque de celos. Tiburcio acabó con la vida de Carmen y su hija Remedios porque había pedido matrimonio a la viuda, pero se encontró con un «no» por respuesta. Además, señaló a un hombre como el culpable de esta locura machista, «un hombre apellidado Roca al que el despechado amante retó en varias ocasiones, sin que aquel acudiese al terreno al que se le llamaba», según la crónica, fechada el 18 del mes indicado.

Según consta en la misma, hubo varios testigos que, tras escuchar las voces, acudieron al lugar del siniestro. Sus testimonios coincideron una vez prestada su declaración; más complicada en el caso de Gregorio Moya y Pepito Nadal, dos niños que encontraron los cuerpos. Es Moya quien explica a los agentes que una vez en la calle del Calvario, donde acudieron corriendo, halló a Remedios tendida en el suelo, muerta, y a Carmen agonizando, aparentemente atacadas con un cuchillo.

Según informó ABC, la madre intentó hablar al pequeño, pero cayendo no pronunció más que un agónico «Hij...». Los críos incluso coincidieron con el asesino, que los amenzó con la muerte si narraban lo sucedido. Valientes, su testimonio sirvió para que la Policía diera con Tiburcio, después de un dispositivo que se extendió por las Peñuelas, Cuatro Caminos o la Ronda de Toledo, donde era frecuente toparse con «Hojalata»


Fuente ABC

El asesino

CRONICA NEGRA

El 17 de enero de 1903, en la madrileña calle de los Artistas, paralela a la avenida de la Reina Victoria, se produjo un brutal asesinato que copó la crónica negra de los diarios locales. El suceso,  sucedió de madrugada en una taberna, cuando una mujer, presuntamente, mató a hachazos a su marido, que era el propietario del local.

Fue bautizado como «El Crimen de la calle de los Artistas» y el proceso se dilató más de un año. Fue el 3 de febrero de 1904 cuando se celebró el juicio, en el que el Fiscal hablaba de «parricidio sin circunstancias» y la defensa de la supuesta autoria insistía en su inocencia. La crónica sitúa a Ramona Vicente Fernández, conocida como Ramona San Miguel, como la principal acusada de asesinar a Jacinto José Varela. El hombre fue hallado la mañana del 18 de enero del año anterior tendido sobre el suelo de su tienda, en un charco de sangre, con numerosas y profundas heridas en la cabeza y el cuerpo. Tras examinarlo, se concluyó que los profusos cortes se habían hecho con un hacha. Añade la crónica que era conocida la asiduidad de Jacinto José a beber más de la cuenta en su local.

Sea como fuere, lo cierto es que desde el principio se acusó a Ramona y después se confirmó cuando testificó el hijo de ambos, Rafael Varela, «que después de haberse marchado de su casa "a correrla", con seis duros que se llevara, y oír que habían asesinado a su padre, se presentó en la taberna». El adolescente fue interrogado y aseguró que sus padres reñían con frecuencia, por lo que se apuntaló esta tésis. Así al menos consta en el escrito de ABC sobre el juicio, se que se celebró en la Sala primera de lo criminal de la Audiencia de Madrid.

La declaración de Rafael se hizo solo unas horas después de conocer la noticia, acaso al calor del momento. Solo un año después, con la celebración del juicio, se desdijo completamente y adujo que entonces estaba borracho. Quizá la perspectiva del tiempo, su estancia en el Hospicio (donde se dice que tenía un comportamiento ejemplar) o, seguramente, el bebé que su madre acababa de tener, le hicieron cambiar su declaración.


Fuente ABC



lunes, 20 de noviembre de 2017

DE PASEO POR MADRID

Algunas fotografías que nos llevan al Madrid de los años 30, en este caso el Parque del Buen Retiro.

La Rosaleda y la desaparecida estufa al fondo
Accediendo al recinto de la Casa de Fieras
La jaula de los monos
Las cebras
El estanque de los cisnes
El Angel caído
La Pérgola y monumento al General Martínez Campos
Paseo de coches
Disfrutando del Parterre
Salida a Alfonso XII y Museo de Reproducciones Artísticas

Fotos de Antonio Passaporte entre 1927-36
Archivo Loty F.P.H.

sábado, 18 de noviembre de 2017

CRONICA NEGRA


No sé si soy un psicópata o no. Ni me importa. Lo único que sé es que soy el autor de cuatro muertes: dos quizás un poco más justificadas, aunque, en realidad, ninguna puede serlo
Jarabo, durante su juicio

José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris, más conocido como José María “Jarabo“, nació en Madrid en 1923 en el seno de una familia adinerada, con lo cual fue a los mejores colegios, era sobrino del entonces presidente del Tribunal Supremo, Francisco Ruiz Jarabo.

Acababa de cumplir 17 años en 1940, cuando su familia se trasladó a Puerto Rico.

Dejó los estudios y llevaba una vida de holgazán al amparo de su madre.

A los 20 años se casó con una rica heredera, poco tardaron en divorciarse, fue entonces cuando se fue a New York y lo condenaron por tráfico de drogas y pornografía, pasó 4 años en la cárcel. A su vuelta a España, no tardó en relacionarse con otros asuntos de droga a nivel local.

Tras engatusar a Beryl Martin Jones, una inglesa casada con un francés que dejó en Lyon, el «Jarabo» la convenció para vender a unos prestamistas particulares una joya de brillantes que le había regalado su marido. Pero cuando el marido de Beryl Martin Jones acudió a Madrid y consiguió que regresara a su lado, ella apremió a José María «Jarabo» para que le devolviera la joya.

Sin embargo, los prestamistas pusieron una infinidad de trabas al «Jarabo» que, lejos de acudir a la justicia, se la tomó por su cuenta y se desplazó al piso de uno de de ellos. Después de introducirse en la casa, el «Jarabo» esperó al prestamista Emilio Fernández para dispararle en la nuca. La esposa del prestamista, que estaba embarazada, y su criada también fueron asesinados por el «Jarobo» en su empeño de no dejar testigos.

Al no encontrar la joya en la casa del prestamista asesinado, «Jarabo» decidió hacer una visita al establecimiento donde se realizaban los prestamos. Allí asesinó a disparos a Félix López Robledo, el socio de Emilio Fernández. A continuación, Jarabo llevó su traje, manchado con la sangre del prestamista, a una tintorería de su confianza, Julcán, en el número 49 de la calle Orense, donde se inventó una pelea con unos americanos «de la base de Torrejón» para justificar las manchas. Un error que atrajo la atención de la Policía, que no tardó en dar con el paradero de José María «Jarabo».

Juzgado y condenado a muerte por garrote vil, fue el último ejecutado en España por delito común.

El asesino
Las víctimas
La tienda de empeños

Fuentes A B C